EL DELIRIO DE LACAN:
Un comentario de los capítulos 13 y 14 de “El ultimísimo Lacan”, y una digresión
Por: José Gregorio Domínguez
Psicoanalista (AP) de la NEL y la ELP
“En el desastre de lo simbólico perdura el imaginario de lo real” (p. 197), es la frase con la cual comienza el capítulo 13 de “El ultimísimo Lacan”.
Usa el término desastre, y no el más habitual, desorden. Lo simbólico entonces, no es un desorden. Más bien lo simbólico es el orden, el orden simbólico. Lo simbólico estaría del lado del desastre, en tanto perdura lo imaginario de lo real.
¿Con qué relaciona Miller ese desastre?. Con los pensamientos. Es muy divertido, ya saben que marca el tono de todo el capítulo, su referencia al mantenimiento del cuerpo, retrasar o maquillar el envejecimiento, “el acceso democrático de la belleza” (p. 197). Retoma la expresión de Diderot “mis pensamientos son mis prostitutas”, marcado con ello, que son asunto de goce (p.198). Del pensamiento, también dirá que “se le puede experimentar como parásito del cuerpo vivo” (p. 198). Da una pista, de su propio cuño, al diferenciar los pensamientos de “la contemplación de las ideas, que sería lo mejor que se puede hacer” (p. 197). No desarrollará este punto, pero ligará el pensamiento al dar vueltas. Sitúo allí una primera pregunta que me gustaría aislar ¿Cómo entender la contemplación de las ideas, en oposición al pensamiento?
A partir del comentario de Luis Solano, se constata un Miller que en el establecimiento del Seminario de Lacan, estaría más pesado, terrestre; y otro, después, más aliviado, aéreo. Comenta su relación con Lacan, durante los últimos años. “Yo mismo dejé de ir a escucharlo después de ‘El momento de concluir’”. Es la vertiente, me parece, en la cual “la práctica del psicoanálisis no favorece lo aéreo. Lacan enunció que no hay nada como el psicoanálisis para atontarlo a uno” (p. 199). Describe a un Lacan, el de la Ultimísima Enseñanza, agotado, viejo, cargado y oscuro, levemente depresivo. El establecimiento de los dos últimos seminarios de Lacan, nos dice, “fue para mí, en un primer momento, desgarrador, patético” (p. 199); ha estado tan compenetrado con el trabajo de Lacan que “eso me llevó a imitar algo de esta dificultad” (p. 199), “me veía empujado a estar en concordancia con esa nota suya” (p. 199). Si dice suya, es porque para Miller, un segundo momento, le trajo cierta alegría; al constatar que “al parecer Lacan había inventado un psicoanálisis aéreo” (p. 199-200), procediendo según la expresión de Schumpeter, una destrucción creadora: “Sobre estas ruinas, algo surge, algo se levanta, algo que está abierto y que no se deja enredar” (p. 200).
De un verso de García Lorca, aísla Miller la expresión “un nuevo temblor” (p. 200): “Es preciso romperlo todo para que los dogmas se purifiquen y las normas tengan nuevo temblor” (p. 200). Temblor que relaciona con el cuerpo, un estremecimiento. El capítulo destacará los viejos temblores, por decirlo de alguna manera, con los cuales Lacan sacudió al psicoanálisis. Primero, el estadío del espejo, una escoba. Segundo, lo real, un tornado. Considero fundamental, destacar un punto de ruptura, sin continuidad: “No solo parecen sospechosas las construcciones precedentes, sino que se evacúa gran parte de las mismas” (p. 200). Aíslo entonces una segunda pregunta: ¿Cuáles de esas construcciones fueron o requieren ser evacuadas? ¿Cuáles resultan incompatibles con el nuevo temblor que Miller intenta resaltar respecto a la Ultimísima Enseñanza de Lacan, y la suya propia?
Quiero compartir un recorte del texto de Miller, que me parece de cuenta de ese nuevo temblor que produce la Ultimísima Enseñanza de Lacan. Lo encuentran en la página 208: “El inconsciente […] como el sujeto, solo es un nombre de lo que, según Lacan [no Miller], estaría debajo […] de lo que se constata, debajo de lo que se comporta” (p. 208), y lo enlaza con la materialidad, de la cual dice Lacan: “La materialidad que está debajo solo es el significante en tanto tiene efectos de significación” (p. 208). Un poco más adelante dice Miller: “Hay en aquel que habla, hay en el parlêtre, una disconformidad con lo simbólico” (p. 210-211).
Entonces, por un lado ubicamos el inconsciente transferencial (que relaciona con la debilidad y el extravío), donde el sujeto estaría en armonía con lo simbólico. En esta perspectiva, el sujeto sería “una variable determinada por constantes significantes” (p. 211), posición en la que “coloca el sujeto en el nivel del significado” (p. 219). Pero hay algo que hace problema: “El significante, que parecía ser el recurso es, en realidad, el mal mismo” (p. 211). Debajo del inconsciente transferencial, Lacan supondrá una materialidad. Esta materialidad, entonces, produciría efectos de significación, pero se embrollaría con lo simbólico.
¿Cómo desembrollarse?. En el capítulo 14, creo que Miller orienta con una respuesta: queda lo que llama una poesía especial, “que operaría una relación directa del significante con el cuerpo” (p. 211). Extraigo otras preguntas: ¿Cómo plantear esa poesía especial? ¿Cómo entender esa relación directa? ¿Cuáles serían, por tomar una expresión de Lacan, los principios de su poder?
Del delirio, de la debilidad, del extravío efecto natural de lo simbólico sobre el
parlêtre, se podría salir, según Lacan, poniendo “en forma la debilidad”, pero entonces, dice Miller: es el delirio. En todo caso, el delirio de Lacan. Lo ideal para Lacan sería acabar con lo simbólico, no decir nada. Nos dice Miller, “prefiere a lo simbólico el esfuerzo por imaginar lo real” (p. 212), que retoma la frase inicial del capítulo 13: “En el desastre lo simbólico perdura el imaginario de lo real”.Si como destaca Miller en el capítulo 14, el delirio “es el uso que le da el hombre al significante, el uso que este le da al pensamiento” (p. 216), y antes ha definido al parlêtre como el ser que habla, se puede entender por qué el delirio es inherente al parlêtre. Solo hay delirio. ¿Dónde ubica Miller el delirio de Lacan?:
“[…] El delirio, en el sentido del ultimísimo Lacan, si – como lo pienso yo- hay uno , consiste en la idea de que la matemática dirigiría a la lingüística […] Este delirio con las matemáticas es un delirio determinista” (p. 221). El delirio de Lacan sería considerar a lo simbólico como realidad sui generis, lo simbólico como constituyen frente a lo constituido, no deducido, no producido, que ya está allí; al cual subyace la idea de una memoria matemática (p. 223).
En mi opinión, Miller es crítico con la apuesta topológica de Lacan que pretende “materializar el proceso subjetivo” (p. 223); cuando destaca el enunciado “materialización, hija del pensamiento”, que pesca en el propio Lacan (p. 223). Si esa no es la propuesta de Miller, ¿cuál sería la propuesta de Miller?. Veamos hasta dónde logro aproximarme.
El lenguaje es una elucubración de saber sobre lalengua, si nos atenemos a lo sostenido por Lacan. A su vez, el inconsciente es “un saber hacer con lalengua” (p. 227), incluso un arreglárselas. El inconsciente entonces sería un modo de arreglárselas con lalengua, me pregunto ¿una elucubración especial, distinta del lenguaje? ¿Qué tiene de especial? Allí donde lo real no habla, lo simbólico solo miente, y lo imaginario está equivocado; quedaría “el saber de las cosas que saben cómo comportarse” (p. 228). Podemos entonces entender que el inconsciente al que hace referencia Miller, el del saber hacer con la escritura, referiría al inconsciente real, y no al inconsciente transferencial, tomado por el lado de la palabra y el lenguaje.
Me detengo un momento y vuelvo sobre otro aspecto; para luego intentar avanzar.
Una primera formulación destaca que el ser humano, como no sabe comportarse, habla (p. 228). Pero más adelante, recortará este atributo sobre el macho. “Las mujeres son del orden de las cosas que saben comportarse” (p. 230), aún cuando para ellas, en su relación con el significante, no puedan escapar al extravío. Del lado femenino, entonces, extravío o mudez (“el significante es mudo”, p. 230).
Lacan se planteaba la bella pregunta “¿Cómo reconocer un nudo borromeo en la oscuridad?” (p. 230) . A ello, responde con el delirio terrestre de su topología con la que quiere avanzar en el vaciamiento del imaginario. ¿Y el delirio de Miller? ¿Miller no delira?, puede preguntarse. Creo que el delirio de Miller sería el de un psicoanálisis aéreo, que toma de Lacan. Un delirio que ha de encontrarse entre saberes que no hablan, pero que a veces, contingentemente, se escriben, quizás no para siempre, sino para producir nuevos temblores; y acaso, también, con cierta alegría.
Para terminar, dejo una última pregunta. ¿Qué coloca Miller en lugar de la materialidad lacaniana? ¿Acaso el sonido? ¿Un sonido que no se reduzca a su materialidad? Cuando Lacan habla del eco en el cuerpo de que hay un decir, creo que nos acerca a ese sonido, que, en mi opinión, no debe confundirse con la onda sonora de la física. Hasta aquí mi comentario.
Ahora, si me permiten una digresión, ya que requiero para plantearla, salirme de los capítulos que me toca comentar, acaso podamos captar algo de esto en el comentario de Miller de la página 122: “La materia fundaría - ¿al decir eso digo demasiado? - la Identidad de lo Mismo. Tal vez sea decir demasiado, puesto que la identidad se nota, y cuando se nota, está tomada en un sistema de notas. Se reconoce una misma palabra cuando se la toma materialmente a través de todos los contextos en los que aparece […] El Uno, en el sentido de lo Mismo, es la materia” (p. 122-123). Entonces, una palabra puede tomarse en el sentido de la materialidad; pero ¿es esa materialidad la que funda lo Mismo; o lo Uno, lo que funda la materialidad? ¿Es la materialidad de lo Uno, distinta de la materia que se nota?. No es igual la materialidad de la palabra, que funda lo Mismo (eso que, quizás impropiamente, llamamos sonido); que un sonido en que se puede escuchar todo (experiencia de alucinación) . ¿Acaso estas formas de relacionar materialidad y sonido, puedan contribuir a una clínica diferencial más allá del Nombre del Padre ? ¿Es posible suponer que una materialidad que funda lo Mismo, sería el delirio propio de la neurosis; mientras que en la psicosis la dificultad vendría por la imposibilidad de dicha Identidad material? ¿Es igual el Uno de lo Mismo, que el Uno del todo? ¿Qué uso hacer de los términos: murmullo, percusión, ruido, sonido sin sentido, forma meramente sonora, fonema, ronroneo, quejido?. ¿Si la experiencia alucinatoria comporta un real en lo simbólico ; la sonoridad a la cual nos remite lalengua, acaso sería un simbólico en lo real, distinto de la mentira y el efecto de sentido? ¿O acaso no es distinto?. Tratándose de un psicoanálisis aéreo, lo dejo en el aire, para conversar. Acaso mi lectura tenga también algo que ver con mi propio delirio…



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