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viernes, 28 de octubre de 2022

¿Por qué encuentros Millerianos? por Lito Matusevich

                                       

 ¿Por qué encuentros Millerianos?

por Lito Matusevich


Las tertulias Millerianas nacen de un feliz encuentro que tuve al conocer a Teresa Ferrer. Ambos esperábamos los Cursos de Miller como pan caliente, y eso nos mostró la importancia que tuvo y tiene su trasmisión para dar cuenta de nuestra práctica, y la fue modificando.

De allí surgió la idea de proponer una gran conversación sobre los últimos Cursos de él.

Estoy convencido que Miller prolonga la enseñanza de Lacan, así como él lo hizo con la de Freud.

Intentaré dar mi punto de vista sobre la prolongación que él realiza.

Parafrasearé lo dicho por Lacan en el Seminario 20, ya que es allí que cambia su mirada, jerarquizando el goce del cuerpo:  

1° "El inconsciente estructurado como un lenguaje, nada tiene que ver con la lingüística”.

2° El lenguaje es solo una elucubración de saber sobre lalengua

3° lalengua es un enjambre de significantes S1 que no tienen relación entre ellos. De lo que podemos deducir que lalengua no produce sentido.

4° El goce en relación al lenguaje es fálico y por lo tanto oculta la falla de donde surge (goce masculino)

4° Lalengua y el cuerpo están en relación con el goce del sinthome (aquí llamado goce femenino)

Hasta aquí la foto que me armé para mostrar como Miller prolonga a Lacan.


¿Por qué encuentros Milleriamos? porque es él quien lleva a sus últimas consecuencias la orientación a lo real.

Si bien Lacan define lo real como “el misterio del cuerpo hablante, es el misterio
del inconsciente.” (Aún, página 158), Miller, en la conferencia de París del 2014, demuestra que el cuerpo cambia de registro, es real, y nos sorprendió   al extraer de Husserl, de las Meditaciones Metafísicas la idea de meinen Lieb, carne viva, que no es posible de ser significantizada.

Y el goce en tanto real remite a la comunión de meinen Lieb con un S1 de la lalengua.  Y este goce Es, me permite conceptualizar la siguiente frase que está en la contratapa de …ou pire: “<Y a de l’Un>. Al corazón del presentan Seminario, este aforismo, paso desapercibido, completa <il  n’y a pas> de la relación sexual,  enunciando eso que hay”.

Tal como lo advirtió en su Curso “L’Uno-tutto-solo”, el psicoanálisis nada tiene que ver con el vitalismo de Sartre, la vida para el parlêtre es el  acontecimiento de cuerpo  ligado a la lalengua, es afectación.

 La vida del parêtre solo es impulso y afectación, siempre el mismo, que no tiene atributos y que llama al saber y hacer, y no al saber. 

Este impulso es diferente a la repetición de Freud y de Lacan, JAM la llamó iteración y es indispensable diferenciarla de la repetición.

Mientras la repetición es propia del lenguaje y de la representación, se constituye siempre en relación a una falta.

Vista desde la cadena significante es la falta en ser, es por eso que para el sujeto no hay identidad solo hay identificación.

En el Seminario “De un Otro al otro” Lacan escribe el siguiente matema: 1/a, lo leo como la conmemoración por el rasgo unario de un encuentro fallido.  Es por eso que para el deseo es imposible encontrar la mismidad. Así pienso lo que JAM llama la ontología Lacaniana.

La iteración en tanto reiteración de lo mismo Miller la ubica del lado de la existencia, mientras el Ser, es el engaño metafísico que el lenguaje crea.  

El síntoma articulado a la repetición y al lenguaje, es productor de sentido, el sinthome como acontecimiento de cuerpo ligado a lalengua, es la iteración de un goce real, es el material para que se pueda alcanzar un saber hacer con él.  

Esto llevó a Miller a mostrar que la urgencia (de goce) está antes que la transferencia y es la que sostiene el análisis.  

Gracias a la orientación de Jaques-Alain Miller el psicoanálisis del siglo no quedará reducido a ser una psicoterapia más.

Espero que sea esto lo que guíe nuestra conversación.

                                                           Lito Matusevich


lunes, 24 de octubre de 2022

Habeas Corpus (De Rio a Barcelona) Conferencia en el X congreso dela AMP, Rio de Janeiro, 26 de abril del 2016.

                                                         

De Rio a Barcelona. Conferencia en el X congreso dela AMP, Rio de Janeiro, 26 de abril del 2016.


* Habeas corpus

Hace dos años, en París, hice girar nuestra brújula, la brújula de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, para que señalara en dirección a la última enseñanza de Lacan*. Esto es lo que ha orientado nuestro X Congreso. Lo que me inspiró el título para este congreso es la frase con la que se termina uno de los capítulos del Seminario XX: “Lo real […] es el misterio del cuerpo hablante, es el misterio del inconsciente”(1). En consecuencia, sugerí como tema “El inconsciente y el cuerpo hablante”.

Pero creo que podemos constatar que el esplendor del cuerpo ha predominado sobre el tema del inconsciente. La novedad, lo que ha aparecido como tal para nosotros, ha sido tratar del cuerpo hablante. Si no me equivoco la presencia del término “inconsciente” ha quedado completamente en segundo plano en este congreso. Yo diría que está bien que haya sido así porque nos ha hecho entrar con entusiasmo en la cuestión. Es también lo que me da ocasión de presentar algunas puntuaciones para esclarecer la naturaleza de la última enseñanza de Lacan, su lugar en la trayectoria de conjunto y el uso que hoy podemos hacer de ella. Me detengo entonces antes de proponer un nuevo título para Barcelona, no hay tomada todavía ninguna decisión a este respecto.

Lo lógico puro

Intervine hace tiempo en un coloquio que trataba de las relaciones entre Lacan y las matemáticas, en el que participaban psicoanalistas y matemáticos. Había titulado mi contribución “Un sueño de Lacan”(2). ¿Qué sueño? Trataba como un sueño el deseo de Lacan de asociar el psicoanálisis no solamente a la lingüística estructural sino también a las matemáticas, especialmente a la lógica matemática. Este sueño, ¿era sólo el de Lacan? No. Toda una generación, la generación estructuralista, profesores y alumnos, creyó en el mismo sueño. Recuerden por ejemplo las esperanzas que alguien como Roland Barthes depositó en la semiología estructuralista.

Para centrar las cosas voy a dar una fórmula que resume lo que fue el sueño de Lacan. Esta fórmula pasó desapercibida porque no figura más que en un texto situado al dorso de los Escritos. En este texto, el último que Lacan escribió para la edición de su libro, hay una frase que indica que creía haber demostrado que “el inconsciente procede de lo lógico puro”(3). Aquí hay que prestar atención a la traducción, que quizá se facilita si decimos que el inconsciente, en el mejor de los casos, no está constituido más que por elementos de pura lógica. El adjetivo pura está allí para subrayar que según Lacan, el Lacan de los Escritos, el inconsciente es únicamente asunto de lógica. Esta lógica al final del volumen llega a dominar a la lingüística. Lo lógico puro es lo que explica que se hable del “sujeto del inconsciente” y no de “el hombre”.

Ética

El sujeto del inconsciente –el sujeto del que habla Lacan, especialmente el que inscribe con una $– hablando en sentido estricto no tiene cuerpo. Porque el cuerpo no depende de “lo lógico puro”. El sujeto tiene una dimensión ontológica, lo que significa que no es un siendo (ens), no tiene manifestaciones físicas determinadas. No pertenece a la dimensión de la óntica. No puedo retomar esta distinción, esencial en filosofía, de la ontología y de la óntica que aquí solamente evoco(4). El sujeto tiene una dimensión ontológica precisamente porque no tiene manifestaciones físicas, cuando una entidad tiene una manifestación física pertenece al dominio de la óntica y no de la ontología. Por otra parte, es porque el sujeto del inconsciente tiene una dimensión ontológica por lo que se puede introducir aquí la temática de la creencia, como nos ha mostrado la secuencia de presentaciones de Graciela Brodsky y Jorge Forbes(5).

Recordemos que desde el Seminario XI, dedicado a los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Lacan planteaba que la realidad del inconsciente esética. Es decir, subrayaba que la realidad del inconsciente(6) depende de un deber ser. La realidad del inconsciente no se puede constatar como la de una manifestación física. Esta dimensión ética nosotros la constatamos cada vez que comienza un análisis –cuando, en aquel que viene a pedirlo, tratamos de evaluar si la voluntad de no ser indiferente al fenómeno freudiano está lo bastante presente. Se puede decir “No hay nada que hacer… no hay nada que esperar de contar los sueños ni de intentar darles un sentido”, esto es completamente legítimo. Es preciso que haya, en el origen, un sujeto que al contrario decida no ser indiferente al fenómeno freudiano.

Considero que la fórmula de alguna manera conclusiva de los Escritos, “el inconsciente procede de lo lógico puro”, gobierna la trayectoria de Lacan hasta su última enseñanza. Allí se opera una cesura. No digo una ruptura, porque las transformaciones conceptuales de Lacan –cuando mueve sus aparejos, cuando añade elementos– son siempre alisadas, se vuelven lisas, como deformaciones topológicas, en continuo.

Cuerpo hablante

La última enseñanza empieza cuando esta fórmula que parecía constitutiva del lacanismo, “el inconsciente procede de lo lógico puro”, queda negada, renunciada, abjurada. Queda reemplazada por otra que no está dicha explícitamente pero que puedo hacer aparecer: el inconsciente procede del cuerpo hablante.

Lacan dota al sujeto del inconsciente de un cuerpo, razón por la cual ya no se trata más del sujeto del inconsciente. Lacan lo llama simplemente “el hombre”(7). También Spinoza, por ejemplo, lo llama de este modo(8). Es esencial captar en primer lugar que el hombre, a diferencia del sujeto, tiene un cuerpo. En segundo lugar este cuerpo es hablante, lo que figura en el título de este congreso. En tercer lugar, no es el cuerpo quien habla. El cuerpo no habla por iniciativa propia, es siempre el hombre quien habla con su cuerpo(9). Con es una preposición que le gustaba a Lacan y a la que da su sentido preciso: la instrumentación. El hombre se sirve del cuerpo para hablar. La fórmula del cuerpo hablante no está hecha entonces para abrir la puerta a la palabra del cuerpo. Abre la puerta al hombre en tanto se sirve del cuerpo para hablar. Y, en efecto, Lacan no incluía esta dimensión en el inconsciente tal como figura en los Escritos.

Por otra parte, hay un topos lacaniano, una referencia frecuente de Lacan a un pasaje de Aristóteles. En su De Anima(10) Aristóteles subraya –y Lacan lo aprueba– que no es el alma quien piensa, sino que es el hombre quien piensa con su alma(11). Del mismo modo el hombre habla con su cuerpo. El cuerpo es su instrumento para hablar.

Inconsciente y pulsión

La palabra pasa por el cuerpo y, de retorno, afecta al cuerpo que es su emisor. ¿De qué manera, bajo qué forma, la palabra afecta a este cuerpo que es su emisor? Lo afecta bajo la forma de fenómenos de resonancias y de ecos. La resonancia, el eco de la palabra en el cuerpo(12) son lo real –el mismo real de lo que Freud llamó “inconsciente” y “pulsión”. En este sentido, el inconsciente y el cuerpo hablante son un único y mismo real. Volveré a decirlo para que esta puntuación esencial no se nos escape. Hay una equivalencia entre inconsciente y pulsión, por todo lo cual estos dos términos tienen un origen común que es el efecto de la palabra en el cuerpo, los afectos somáticos de la lengua, de lalengua.

El inconsciente del que se trata desde entonces no es un inconsciente de pura lógica sino, si se puede decir así, un inconsciente de puro goce. Para designar este nuevo inconsciente, Lacan ha forjado una nueva palabra, un neologismo que se empieza a repetir, el parlêtre, bien distinto del inconsciente freudiano que es de orden ontológico y ético, como hemos visto. Por el contrario el parlêtre es una entidad óntica, porque necesariamente tiene un cuerpo, ya que no hay goce sin cuerpo. El concepto de parlêtre –es lo que propongo– se sustenta en la equivalencia originaria inconsciente-pulsión.

Se trata pues de un inconsciente diferente del inconsciente freudiano, lo que a Lacan le da la ocasión de hacer una profecía: un día el parlêtre lacaniano reemplazará al inconsciente freudiano(13) Esta profecía no es del todo seria. Lacan sabía que los nombres tradicionales tienen un poder de remanencia, de resistencia, al que es difícil poner fin. Aunque allí indica que franquea los límites asignados por Freud a lo que es el inconsciente, ya que al nivel donde sitúa su medida, la diferencia, el binarismo entre inconsciente y pulsión desaparece. No se puede decir que la última enseñanza prolongue la trayectoria de Lacan. Marca un vuelco, un viraje, que se acompaña de una crítica a la vasta arquitectura formada por su conceptualización anterior.

Este vuelco de Lacan acarreó otro, más evidente, que asombró a la generación estructuralista (la francesa al menos, que era la más extendida): el de Roland Barthes. Todo el mundo, en París, quedó estupefacto cuando aquel que era conocido por ser el promotor de una semiología metódica se presentó como autor de un opúsculo titulado El placer del texto. Se interpretó como un cambio(14) sensacional en dirección a un hedonismo que hasta entonces había permanecido más discreto. Por haber formado parte de los “jóvenes” en la época de la generación estructuralista, puedo decir que Barthes fue sensible al nuevo acento que Lacan puso sobre el goce, del que extrajo las consecuencias. El título del libro debería haber sido “El goce del texto”, pero esto habría desvelado rápidamente la influencia de Lacan en la que Barthes había encontrado su inspiración.

Del lenguaje a la lengua

Se me ocurrió otra analogía. Dos grandes filósofos del siglo XX también conocieron fuertes cambios en el momento de su última enseñanza. Se podría hacer un catálogo de los pensadores con este tipo de cambios: Martín Heidegger, que habla explícitamente del Kehre, del giro de su pensamiento, y Ludwig Wittgenstein. Dejo de lado Heidegger para decir algo sobre Wittgenstein.

Wittgenstein desarrolló dos filosofías bien distintas. La primera hacía del logicismo de Bertrand Russell el principio de una concepción del mundo. Adoptando la fórmula lacaniana, diríamos que el mundo de la primera filosofía de Wittgenstein es tributaria de la lógica pura tal como él la concebía. Esta filosofía es la que se expone en el célebre Tractatus logico-philosophicus(15). Se podría decir entonces que los Escrito son un tractatus logico-psicoanaliticus. Después del Tractatus…, Wittgenstein va a realizar un giro de 180 grados. Criticando y abandonando el modelo de la lógica pura, muestra que lo que es lógico depende de la vida y de las costumbres de un grupo. Lo que es lógico no es nada más que un juego de lenguaje. Antes del Tractatus… Wittgenstein creía pues en una lógica única, y después mostró que hay tantas lógicas como “juegos de lenguaje” y formas de vida(16).

Mutatis mutandis en Lacan hay la misma diferencia: primero, como un lenguaje, y segundo, la lengua. Primero, que el inconsciente esté estructurado como un lenguaje indica que para todo lenguaje la estructura es la misma. Como un lenguaje, de hecho, es un universal de la estructura. Segundo, por el contrario, la lengua siempre es particular(17), no consiste más que en sus particularidades. En consecuencia no hay un universal de las lenguas, no hay todas las lenguas.

El viraje lacaniano

Intentemos precisar lo que ha sido el viraje lacaniano. La orientación inicial de Lacan consistió en partir la herencia freudiana. Es lo que hacían también por su parte los americanos y los ingleses, es lo que hacía la IPA. Ellos partían Freud entre primera y segunda tópica. Elegían seguir la segunda tópica abandonando la primera. La operación de Lacan era más compleja, pero era igualmente una operación de partición consistente en separar de manera bien neta, como se expresa en su “Discurso de Roma”, la técnica de desciframiento del inconsciente y la teoría de las pulsiones(18). Dicho de otra manera, Lacan buscaba una separación neta entre el inconsciente y las pulsiones. Está escrito con todas las letras, la orientación de su primer movimiento es esta separación. Lo que interesaba a Lacan era elaborar el desciframiento: hacer la teoría de esta técnica ayudándose de la lingüística. Para él las pulsiones, la satisfacción pulsional, el goce, formaban parte de lo imaginario, lo simbólico no intervenía por la palabra más que para dominar y borrar.

Se puede localizar en el ejemplo canónico del fort-da, donde Lacan muestra de entrada cómo el sujeto del significante domina el goce, se hace amo del goce. ¿Qué se puede decir de esto desde el punto de vista de la última enseñanza? Que al contrario, el fort-da nos muestra que al principio mismo de la cadena significante hay el goce-sentido(19). El par fort-da produce un efecto de sentido y permite efectuar una producción de goce. En el fondo el fort-da nos muestra al niño accediendo al parlêtre, accediendo a su “parlêtre de naturaleza”(20.)

He detallado en numerosos cursos los esfuerzos de Lacan para modelar la pulsión sobre la cadena significante; he mostrado que el principio del grafo de Lacan, el grafo del deseo, consistía en identificar la pulsión a una cadena significante, en el piso superior del grafo, con su tesoro de los significantes y su punto de capitón S(de A/tachado). Una escritura de la pulsión como si ésta no fuera más que una cadena significante, como si ella tuviera la misma estructura que la cadena significante.

La gran solución que durante años Lacan había encontrado era el objeto a –del que hacía su invención mayor. El objeto a al mismo tiempo que forma parte de la armadura del fantasma está en el corazón de la pulsión y tiene algunas propiedades del significante. Especialmente se presenta por unidades, es contable y numerable, ya es pues un goce. Si es plus-de-goce, es un plus-de-goce que ya es un degradado del goce, un modelado del goce con el modelo del significante. El viraje no estará cumplido hasta que Lacan no hará saltar este cerrojo en el Seminario XX, donde lo vemos degradar al objeto a como un falso semblante(21).

 

* Intervención pronunciada por J.-A. Miller en la clausura del Xº congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, “El cuerpo hablante. Sobre el inconsciente en el siglo XXI”, Río de Janeiro, 25-28 de abril de 2016. En esta secuencia titulada “De Río a Barcelona” intervinieron también Miquel Bassols y Guy Briole.

Versión establecida por Guy Briole, Hervé Damase, Pascale Fari et Ève Miller-Rose. Texto no revisado por el autor y publicado con su amable autorización.

(Traducción al castellano de Anna Aromí y Xavier Esqué)

 

(1). Lacan J., El Seminario, libro 20, Aún, Paidós, Buenos Aires, 1981, p. 158.

(2). Cf. Miller J.-A., “Un rêve de Lacan”, en Le réel en mathématiques : psychanalyse et mathématiques, actas del coloquio de Cerisy del 3 al 10 de septiembre de 1999, obra colectiva/dir. Pierre Cartier et Nathalie Charraud, Agalma/Seuil, colección Champ freudien, 1966.

(3). Lacan, J., contraportada de los Escritos 2, Buenos Aires, Siglo XXI editores, 1975.

(4). Cf. especialmente Miller J.-A. “L’orientation lacanienne. L’Être et l’Un”, enseñanza pronunciada en el marco del Departamento de psicoanálisis de la Universidad de París VIII, 2011, inédito.

(5). Estas dos ponencias fueron pronunciadas en una mesa que tenía por título “Hacerse incauto de un real: ¿Qué quiere decir ‘creer en el sinthoma’?”

(6). Cf. Lacan J., El Seminario, libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1964, especialmente p. 39-42.

(7). Cf. Lacan J., El Seminario, libro 20, Aún, op. cit. Cf. También Lacan J., “Joyce el Síntoma” [Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 591 y siguientes] donde Lacan emplea la escritura “LOM”.

(8). Cf. Spinoza B., Ética demostrada según el orden geométrico, México, FCE, 2005. Cf. También el comentario de J.-A. Miller en Piezas sueltas, Buenos Aires, Paidós, 2013, p. 42-43.

(9). Cf. Lacan J., El Seminario, libro 20, Aún, op. cit., p. 144: “Hablo con mi cuerpo, y sin saber”.

(10). Cf. Aristóteles, “Acerca del alma”, Gredos, 2014, ES.

(11). Cf. Lacan J., El Seminario, libro 20, Aún, op. cit., p. 134: “el hombre piensa con –instrumento– su alma”. Cf. también Lacan J., “Joyce el Síntoma”, op. cit., p. 592.

(12). Lacan J., El seminario, libro 23, El sinthome, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 18: “las pulsiones son el eco en el cuerpo del hecho que hay un decir“.

(13). Lacan J., “Joyce el Síntoma”, op. cit., p. 592: “mi expresión parlêtre [hablaser] que sustituirá al ICS de Freud (inconsciente, que se lee así)”.

(14). Barthes R., El placer del texto, Madrid, Siglo XXI, 2007.

(15). Cf. Wittgenstein L., Tractatus logico-philosophicus [1921], Madrid, Tecnos, 2007.

(16). Cf. Wittgenstein, Investigaciones filosóficas, Barcelona, Crítica, 2008.

(17). Cf. entre otros Lacan J., “Radiofonía”, Otros escritos, op. cit., p. 434.

(18). Cf. Lacan J., “Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis”, Escritos 1, op. cit., p. 251 y “Discurso de Roma”, Otros escritos, op. cit., p. 151-155.

(19). Cf. Lacan J., “Televisión”, Otros escritos, op. cit., p. 543.

(20). Lacan J., “Joyce el Síntoma“, op. cit., p. 592.

(21). Cf. Lacan J., El Seminario, libro 20, Aún, op. cit., especialmente p. 109-112.


Presentación del tema del X Congreso de la AMP en Río de Janeiro, 2016. El inconsciente y el cuerpo hablante

                                    



                                    El inconsciente y el cuerpo hablante

                                                

                          por JACQUES-ALAIN MILLER


 

 

 

Presentación del tema del X Congreso de la AMP en Río de Janeiro, 2016

Más que como guinda del pastel, preferiría pensar el brebaje que voy a servirles como un digestivo tras los alimentos que les ha aportado este congreso[1], para abrir el apetito pensando en el de dentro de dos años. Se espera, entonces, que dé y que introduzca el tema del próximo congreso.

Pienso que ya hace treinta años, más aún, que esto dura, si se tiene en cuenta que los congresos de la AMP tomaron el relevo de lo que se llamaba Encuentros internacionales del Campo freudiano, que empezaron en 1980. De modo que aquí estamos una vez más al pie del mismo muro. Muro, se me ocurrió esta palabra, y no deja de evocar el neologismo que se burla del amor: ¿debo acaso al amuro el honor invariable que se me otorga de dar el la de la sinfonía, esa que los miembros de la AMP, nosotros, deberemos componer durante los dos próximos años antes de volver a encontrarnos? ¿Es un hecho de transferencia, transferencia remanente con aquel en quien recayó la responsabilidad de fundar nuestra asociación en aquel tiempo? Pero, como les recordaba, la responsabilidad de poner título, de dar un nombre, al menos un tema, ya la asumía yo antes, desde el primer Encuentro internacional, que tuvo lugar en Caracas en presencia de Lacan. Si hay amuro, no lo relacionaría con la función de fundador, que nada consagra en nuestros estatutos, me gustaría que fuese la de un explorador, función que yo me había asignado al titular mi curso "La orientación lacaniana".

Amuro significa sobre todo que es preciso atravesar cada vez el muro del lenguaje para tratar de ceñirnos más – no digamos a lo real – a lo que hacemos en nuestra práctica analítica. Pero en fin, mi afán ha sido orientarme en el pensamiento de Lacan y sé que lo compartimos. De hecho la Asociación Mundial de Psicoanálisis no tiene ninguna otra cohesión. Por lo menos este afán se encuentra en el origen de la agrupación que formamos, más allá de los estatutos, los mutualismos e incluso más allá de los lazos de amistad, de simpatía, que se tejen entre nosotros a lo largo de los años.

Lacan reivindicaba dignidad para su pensamiento. Porque, decía él, se esforzaba por salir de los caminos trillados. Y efectivamente este pensamiento desconcierta. Se trata, para nosotros, de seguirlo por vías inéditas. Esas vías son a menudo oscuras. Se volvieron más oscuras aún cuando Lacan se adentró en su última enseñanza. Hubiéramos podido dejarlo allí, abandonarlo. Pero nos comprometimos a seguirlo y los dos últimos congresos dan testimonio de ello.

¿Por qué nos comprometimos a seguirlo en esa difícil última rama de su enseñanza? No vamos a desestimar el gusto por el desciframiento. Lo tengo, lo tenemos, porque somos analistas. Y lo somos lo bastante como para percibir, en algunos relámpagos, aquellos que agujerean las nubes oscuras del discurso de Lacan, que consigue destacar algún relieve que nos instruye acerca de eso en lo que el psicoanálisis se convierte y que ya no es del todo conforme a lo que se pensaba que era. En su punto más extremo – nosotros no permaneceremos ahí – él llegó a soltar que la práctica analítica le parecía una práctica delirante.

El psicoanálisis cambia, lo cual no es un deseo, es un hecho, cambia en nuestros despachos de analistas y, en el fondo, este cambio es tan manifiesto para nosotros que el congreso de 2012 sobre el orden simbólico y el de este año sobre lo real llevan ambos en su título la misma mención cronológica, "en el siglo XXI". ¿Qué mejor manera de decir que tenemos la impresión de algo nuevo y, con ello, sentimos la necesidad urgente de una puesta al día?

¿Cómo no íbamos a concebir la idea de una ruptura, por ejemplo, si Freud inventó el psicoanálisis, por así decir, bajo la égida de la reina Victoria, parangón de la represión de la sexualidad, mientras que el siglo XXI conoce la difusión masiva de lo que se llama el porno y que es el coito exhibido, hecho espectáculo, show accesible para cada cual en internet con un simple clic del ratón? De Victoria al porno, no sólo hemos pasado de la interdicción al permiso, sino a la incitación, a la intrusión, a la provocación, al forzamiento. ¿Qué es el porno sino un fantasma filmado con la variedad apropiada para satisfacer los apetitos perversos en su diversidad? No hay mejor muestra de la ausencia de relación sexual en lo real que la profusión imaginaria de cuerpos entregados a darse y a aferrarse.

Es algo nuevo en la sexualidad, en su régimen social, en sus modos de aprendizaje, en los jóvenes, en las nuevas generaciones que empiezan su camino.

Ahí están los masturbadores, aliviados de tener que producir ellos mismos sus sueños diurnos porque los encuentran ya hechos, ya soñados para ellos. El sexo débil, en cuanto al porno, es el masculino, cede a eso con más facilidad. ¡Cuántas veces escucha uno en análisis a hombres quejándose de las compulsiones que les obligan a observar los jugueteos pornográficos, incluso a almacenarlos en una reserva electrónica! Del otro lado, el de las esposas y amantes, no es tan frecuente la práctica como el hecho de descubrirla en el partenaire. Y entonces, depende: es considerada una traición o una diversión sin consecuencias. Esta clínica de la pornografía es del siglo XXI –sólo la menciono, pero merecería ser detallada porque es insistente y desde hace unos quince años se ha vuelto extremadamente presente en los análisis.

Pero ¿cómo no evocar respecto de esta práctica tan contemporánea lo que fue la propagación, comentada por Lacan, de los efectos del cristianismo en el arte, aquellos efectos que llevó hasta su acmé el barroco? De vuelta de Italia, tras una gira por las iglesias que Lacan llamaba bellamente una orgía, advertía en su Seminario Aun: "todo es exhibición de cuerpos que evocan el goce"[2] –este es el punto en que nos encontramos en el porno. Sin embargo, la exhibición religiosa de los cuerpos extasiados deja siempre fuera de su campo la copulación misma, del mismo modo que la copulación está fuera de campo, dice Lacan, en la realidad humana.

Curioso retorno de esta expresión, "realidad humana". La misma que usó el primer traductor de Heidegger al francés para expresar el Dasein. Pero ya hace mucho que le cortamos a este Dasein la vía del dejar ser. En la era de la técnica, la copulación ya no sigue confinada en lo privado, alimentando las fantasías particulares de cada cual, ahora se ha reintegrado al campo de la representación, elevada esta última a una escala de masas.

Todavía hay que destacar una segunda diferencia entre el porno y el barroco. Tal como lo definió Lacan, el barroco aspiraría a la regulación del alma mediante la visión de los cuerpos, la escopia corporal. No hay nada semejante en el porno, ninguna regulación, más bien una perpetua infracción. La escopia corporal funciona en el porno como provocación a un goce destinado a saciarse en la modalidad del plus de gozar, modo transgresivo respecto a la regulación homeostática y precario en su realización silenciosa y solitaria. Por lo común, la ceremonia, a un lado y otro de la pantalla, se lleva a cabo sin palabras, aunque con suspiros o la imitación de los gritos del placer. La adoración del falo, secreto de los misterios antaño, sigue siendo un episodio central – salvo en el porno lesbiano – aunque ahora banalizado.

Sin duda, la difusión planetaria de la pornografía mediante la red tiene efectos cuyos testimonios recibe el psicoanalista. ¿Qué dice, qué representa la omnipresencia del porno a comienzos de este siglo? Que la relación sexual no existe, ninguna otra cosa. Esto es lo que retransmite, en cierto modo celebra, este espectáculo incesante y siempre disponible. Porque sólo esta ausencia es capaz de dar cuenta de tal entusiasmo, cuyas consecuencias ya tenemos que observar en las costumbres de las jóvenes generaciones en cuanto al estilo de las relaciones sexuales: desencanto, brutalización, banalización. La furia copulatoria alcanza en la pornografía un cero de sentido que hace pensar a los lectores de la Fenomenología del espíritu en lo que Hegel, frente al terror, dice de la muerte infligida por la libertad universal, o sea, que es "la muerte más fría y más insulsa, sin otra significación que la de cortar una cabeza de col o la de beber un sorbo de agua"[3]. La copulación pornográfica tiene la misma vacuidad semántica.

¡La relación sexual no existe! Hay que escuchar esta sentencia con el acento de Plutarco cuando relata – es el único que lo hace en la Antigüedad – la sentencia fatal que resuena sobre el mar: ¡El gran Pan ha muerto! Este episodio figura en el diálogo titulado "Sobre la desaparición de los oráculos", que en su día evoqué en mi curso[4]. La sentencia resuena como el último oráculo, que anuncia que tras él ya no habrá más oráculos, como el oráculo que anuncia que los oráculos han desaparecido. De hecho en aquella época, bajo Tiberio, en todo el territorio del imperio romano, los santuarios, a donde antaño acudía el gentío a solicitar y recoger los oráculos, sufrieron una creciente desafección. Una mutación invisible que avanzaba por las profundidades del gusto cerraba la boca a los oráculos inspirados por los demonios de la mántica –digo demonios no porque fueran malos, sino porque se llamaba demonios a seres intermedios entre los dioses y los hombres, y sin duda la figura de Pan los representaba.

Nosotros, por nuestra parte, por fuerza tenemos que ser sensibles al destino de los oráculos y al hecho de que un día, en efecto, se eclipsaron en una zona donde antes se los buscaba con ansia, en la medida en que nuestra práctica de la interpretación, como solemos decir, es oracular. Pero nuestro oráculo es, precisamente, el dicho de Lacan sobre la relación sexual. Y nos permite – Lacan lo formuló mucho antes del advenimiento de la pornografía electrónica de la que hablo – poner en su sitio el hecho de la pornografía. Ésta no es – ¡quién podría pensarlo! – la solución de los callejones sin salida de la sexualidad. Es síntoma de este imperio de la técnica que extiende ahora su reinado sobre las civilizaciones más diversas del planeta, hasta las más reacias. No se trata de rendir las armas ante este síntoma y otros con el mismo origen. Exigen del psicoanálisis interpretación.

¿Podría ser que este excurso sobre la pornografía nos conduzca al título del próximo congreso? En su día revelé, en uno de estos congresos – y Leonardo Gorostiza lo recordó – la disciplina a la que había optado por ceñirme en la elección del tema para la AMP. Van de tres en tres, dije, y cada uno destaca una de las tres categorías de Lacan cuyas iniciales son R.S.I. Tras "El orden simbólico..." y "Un real" cabría esperar entonces, como lo habían deducido perfectamente Leonardo Gorostiza y otros, que lo imaginario ocupara el primer plano. ¿Bajo qué forma podría hacerlo sino a título del cuerpo, ya que en Lacan se encuentra formulada esta equivalencia: lo imaginario, es el cuerpo. Equivalencia que no es aislada, el conjunto de su enseñanza testimonia a favor de ella.

En primer lugar, el cuerpo aparece allí como imagen, imagen en el espejo, de modo que otorga al yo un estatuto que se diferencia singularmente del que Freud le reconocía en su segunda tópica. En segundo lugar, es también mediante un juego de imágenes como Lacan ilustra la articulación que prevalece entre el Ideal del yo y el yo ideal, cuyos términos toma de Freud pero para formalizarlos de un modo inédito. Esta afinidad del cuerpo y de lo imaginario también se reafirma en su enseñanza de los nudos. La construcción borromea acentúa que como el cuerpo participa primero en la economía del goce es a través de su imagen. En cuarto lugar, más allá de esto, el cuerpo condiciona todo aquello que el registro imaginario aloja de representaciones: significado, sentido y significación, y la propia imagen del mundo. Es en el cuerpo imaginario donde las palabras de la lengua hacen entrar las representaciones, que nos constituyen un mundo ilusorio a partir del modelo de la unidad del cuerpo. Todo esto son razones a favor de que, para el próximo congreso, hagamos variar el tema del cuerpo en la dimensión de lo imaginario.

Casi me había adherido a esta idea cuando me di cuenta de que el cuerpo cambia de registro como cuerpo hablante. ¿Qué es el cuerpo hablante? Ah, es un misterio[5], dijo un día Lacan. Este dicho de Lacan merece tanto más nuestra atención cuanto que misterio no es matema, es incluso lo opuesto. En Descartes, lo que constituye un misterio pero sigue siendo indudable es la unión del alma y el cuerpo. A ella se consagra la "Sexta meditación" y esta, por sí sola, movilizó el ingenio de su más eminente comentarista tanto como las cinco anteriores. Dicha unión, en lo concerniente a mi cuerpo, meum corpus, vale como tercera substancia entre substancia pensada y substancia extensa. Dice Descartes – la cita es famosa –, "yo no sólo estoy [en este cuerpo] como un piloto en su navío, sino que además le estoy tan íntimamente unido y como mezclado con él, que es como si formásemos una sola cosa"[6]. Como se sabe, la duda llamada hiperbólica figurada por la hipótesis del genio maligno deja a salvo el cogito y nos entrega su certeza, como un resto, que resiste incluso a la duda más amplia que se pueda concebir. Lo que es menos conocido es que después, en esta sexta meditación precisamente, se descubre que la duda también dejaba a salvo la unión del pienso con el cuerpo[7], el que se distingue entre todos ellos por ser el cuerpo de este yo pienso.

Sin duda, para darse cuenta hay que prolongar el arco de este après-coup hasta Husserl y sus Meditaciones cartesianas. En ellas distingue, con una expresión preciosa, los cuerpos físicos, por un lado, entre los cuales están los cuerpos de mis semejantes, y por otro lado mi cuerpo. Y para mi cuerpo, introduce un término especial. Escribe: encuentro en una caracterización singular mi carne, meinen Leib, o sea, lo que no es un simple cuerpo sino una carne, el único objeto dentro de mi capa abstracta de la experiencia al que asigno un campo de sensación a la medida de la experiencia[8]. El término precioso es el de carne, que se distingue de lo que son los cuerpos físicos. Husserl entiende por carne lo que Descartes veía como la unión del alma y el cuerpo.

Sin duda, esta carne queda borrada en el Dasein heideggeriano, pero alimentó la reflexión de Merleau-Ponty en su obra inacabada Lo visible y lo invisible[9], libro al que Lacan consagró cierta atención en el seminario Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis[10]. Allí no muestra interés por este vocablo, carne, pero sin embargo lo retoma cuando se refiere a la carne que lleva la huella del signo. El signo recorta la carne, la desvitaliza y la cadaveriza, y entonces el cuerpo se separa de ella. En la distinción entre el cuerpo y la carne, el cuerpo se muestra apto para figurar, como superficie de inscripción, el lugar del Otro del significante. Para nosotros el misterio cartesiano de la unión psicosomática se desplaza. Lo que constituye un misterio, pero aun así es indudable, es lo que resulta del dominio de lo simbólico sobre el cuerpo. Por decirlo en términos cartesianos, el misterio es más bien el de la unión de la palabra y el cuerpo. De este hecho de experiencia se puede decir que es del registro de lo real.

En este punto es cuando conviene dar su lugar al hecho de que la última enseñanza de Lacan propone un nombre nuevo para el inconsciente. Hay una palabra para decirlo. No podemos tomarla para el congreso, esta palabra, porque es un neologismo. No se traduce. Si se remiten ustedes al texto titulado "Televisión"[11], verán que interpelo a Lacan acerca de la palabra inconsciente. Le digo, simplemente: "El inconsciente, ¡que palabra tan rara!", porque a mí ya me parecía que no era un término que pegara mucho con el punto en que se encontraba de su doctrina. Él responde a mi pregunta – ya lo verán, lo han visto ya, lo saben – desestimándola: "Freud no encontró ninguna mejor, no hay que darle vueltas". De modo que admite que esta palabra es imperfecta y desiste de toda tentativa de cambiarlo. Pero dos años más tarde había cambiado de opinión, si damos crédito a su texto "Joyce el Síntoma"[12], donde propone el neologismo que les decía, del cual profetiza que reemplazará a la palabra freudiana inconsciente, el parlêtre.

Propongo que sea esta operación la que nos brinde nuestra brújula para el próximo congreso. Esta metáfora, la sustitución del inconsciente freudiano por el parlêtre lacaniano fija un destello. Propongo tomarla como índice de lo que cambia en el psicoanálisis en el siglo XXI, cuando debe tener en cuenta otro orden simbólico y otro real, distintos de aquellos sobre los cuales se había establecido.

El psicoanálisis cambia, es un hecho. Cambió, advertía Lacan maliciosamente, porque primero fue practicado en solitario por Freud y luego pasó a practicarse en pareja. Pero ha conocido muchos otros cambios, cuya medida tomamos cuando leemos a Freud, incluso cuando leemos, releemos, al primer Lacan. Cambia de hecho, a pesar de que nosotros nos aferramos a palabras y a esquemas antiguos. Supone un esfuerzo continuo permanecer lo más cerca de la experiencia para decirla, sin aplastarse contra el muro del lenguaje. Para ayudarnos a franquearlo, el muro, necesitamos un (a)muro[13], quiero decir una palabra agalmática que perfore ese muro. Y tal palabra, la encuentro en el parlêtre.

Esto no figurará en el cartel del próximo congreso, pero se tratará del parlêtreen tanto que sustituye al inconsciente, en la medida que analizar al parlêtre ya no es lo mismo que analizar el inconsciente en el sentido de Freud, ni siquiera el inconsciente estructurado como un lenguaje. Diría, incluso: apostemos porque analizar al parlêtre es lo que ya hacemos, y que tenemos pendiente saber decirlo.

Aprendemos a decirlo. Por ejemplo, cuando hablamos del síntoma como de un sinthome. He aquí una palabra, un concepto, que es de la época del parlêtre. Traduce un desplazamiento del concepto de síntoma del inconsciente al parlêtre. Como ustedes saben, el síntoma como formación del inconsciente estructurado como un lenguaje es una metáfora, un efecto de sentido, inducido por la sustitución de un significante por otro. Por el contrario, el sinthome de un parlêtre es un acontecimiento de cuerpo, una emergencia de goce. Por otra parte, nada indica que el cuerpo del que se trata sea el propio. Si se es una mujer, se puede ser el síntoma de otro cuerpo. Hay histeria cuando hay síntoma de síntoma, cuando alguien se vuelve síntoma del síntoma de otro, es decir, un síntoma en segundo grado. El síntoma del parlêtre sigue por esclarecer, sin duda, en relación con los tipos clínicos – no hago más que mencionar, tras los pasos de Lacan, lo concerniente a la histeria.

No lo vamos a lograr olvidando la estructura del síntoma del inconsciente, del mismo modo que la segunda tópica de Freud no anula a la primera, sino que la tiene en cuenta. Del mismo modo, Lacan no vino a borrar a Freud, sino a prolongarlo. Los reajustes de su enseñanza se llevan a cabo sin desgarros utilizando los recursos de una topología conceptual que asegura la continuidad sin imposibilitar la renovación. Así, de Freud a Lacan, diremos que el mecanismo de la represión nos es explicitado por la metáfora, así como, del inconsciente al parlêtre, la metáfora nos da el envoltorio formal del acontecimiento de cuerpo. La represión explicitada por la metáfora es un cifrado, y la operación de este cifrado trabaja para el goce que afecta al cuerpo. Nuestra reflexión se va tejiendo con un zurcido de piezas diversas de épocas diferentes, tomadas de Freud y de Lacan, y no tenemos por qué renunciar a llevar a cabo este zurcido para ir ajustando el psicoanálisis al siglo XXI.

Señalaré aquí otro vocablo – después de sinthome – que es de la época del parlêtre y que pondré junto al sinthome. Es una palabra que también obliga a proceder a una nueva clasificación de las nociones que nos son familiares. La palabra que pongo junto a sinthome es escabeau, que tomo de "Joyce el Síntoma"[14] – en español es escabel. El escabel no es la escalera – es más pequeño que una escalera – pero hay peldaños. ¿Qué es el escabel? – me refiero al escabel psicoanalítico, no sólo al que se necesita para alcanzar libros en una biblioteca. Es, en términos generales, aquello sobre lo que se alza el parlêtre, se sube para ponerse guapo. Es su pedestal, que le permite elevarse, él mismo, a la dignidad de la Cosa[15]. [Mostrando el pequeño atril de la tribuna] Esto, por ejemplo, es un pequeño escabel para mí.

El escabel es un concepto transversal. Traduce de un modo figurado la sublimación freudiana, pero en su entrecruzamiento con el narcisismo. He aquí un acercamiento que es propiamente de la época del parlêtre. El escabel es la sublimación, pero en tanto que fundada en el yo no pienso original del parlêtre. ¿Qué es este yo no pienso? Es la negación del inconsciente mediante la cual el parlêtre se cree amo de su ser. Y a esto, con su escabel, le añade que se cree un amo bello. Lo que se llama la cultura no es sino la reserva de los escabeles, a donde uno va a buscar con qué darse importancia y vanagloriarse.

Como ejemplo de estas categorías que parecen ir brotando y que necesitamos, me decía que podría ensayar una comparación entre el sinthome y el escabel. ¿Quién fomenta el escabel? El parlêtre, en su lado de goce de la palabra. Es este goce de la palabra el que da a luz los grandes ideales del Bien, de lo Verdadero y de lo Bello. El sinthome, en cambio, como síntoma del parlêtre, depende por su parte del cuerpo del parlêtre. El síntoma surge de la marca que excava la palabra cuando adquiere el giro del decir y produce acontecimiento en el cuerpo. El escabel está del lado del goce de la palabra que incluye el sentido. Por el contrario, el goce propio del sinthome excluye el sentido.

Si Lacan se apasionó por James Joyce y especialmente por su obra Finnegans Wake, es por la hazaña – o la farsa – que representa haber sabido hacer converger el síntoma con el escabel. Exactamente, Joyce hizo del síntoma mismo, como fuera de sentido, como ininteligible, el escabel de su arte. Creó una literatura cuyo goce es tan opaco como el del síntoma, y que no por ello deja de ser un objeto de arte, elevado sobre el escabel a la dignidad de la Cosa. Podemos preguntarnos si la música, la pintura, las bellas artes, han tenido su Joyce. Quizás lo que corresponde a Joyce en el registro de la música sea la composición atonal, inaugurada por Schoenberg, de quien hemos oído hablar antes un poco[16]. Y en cuanto a lo que se llamaba las Bellas Artes, el iniciador fue quizás un tal Marcel Duchamp. Joyce, Schoenberg, Duchamp, son fabricantes de escabeles destinados a hacer arte con el síntoma, con el goce opaco del síntoma. A duras penas podríamos emitir un juicio sobre el escabel-síntoma a conveniencia de la clínica. Más bien debería servirnos de enseñanza.

Pero díganme, ¿hacer de tu síntoma un escabel, no se trata de eso precisamente en el pase, donde se vale uno de su síntoma y de su goce opaco? Analizarse es trabajar en la castración del escabel para revelar el goce opaco del síntoma. Pero hacer el pase es valerse del síntoma, limpiado de este modo, para hacerse con él un escabel, ante los aplausos del grupo analítico. Por decirlo en términos freudianos, es evidentemente un hecho de sublimación y los aplausos no son en absoluto accesorios. El momento en que la asistencia está satisfecha forma parte del pase. Se puede decir incluso que es ahí donde el pase se consuma. Entregar al público los relatos del pase, eso nunca se hizo en la época de Lacan. La operación permanecía enterrada en las profundidades de la institución, sólo era conocida por un número reducido de iniciados – el pase era un asunto para menos de diez personas. Digámoslo: yo inventé llevar a cabo una mostración pública de los pases porque sabía, pensaba, creía, que estaba en juego la esencia misma del pase.

Los escabeles están ahí para producir belleza, porque la belleza es la defensa última contra lo real. Pero una vez derribados los escabeles, una vez quemados, el parlêtre analizado todavía tiene que demostrar su saber hacer con lo real, su saber hacer con él un objeto de arte, su saber decir, su saber decirlo bien. Y esto es lo que da el inicio, el tomar la palabra al que es invitado. El acontecimiento de pase no es la nominación, decisión de un colectivo de expertos. El acontecimiento de pase es el decir de uno solo, Analista de la Escuela, cuando pone en orden su experiencia, cuando la interpreta en beneficio de cualquiera que acuda a un congreso que se trata de seducir y de inflamar – algo que se ha puesto a prueba, ampliamente, durante este último congreso.

Un decir es un modo de la palabra que se distingue por constituir un acontecimiento. Freud distinguía entre los modos de la conciencia: consciente, preconsciente, inconsciente. Para nosotros, si hay que distinguir modos no es en la conciencia, sino modos de la palabra. En términos de retórica, hay la metáfora y la metonimia; en términos de lógica, lo modal y lo apofántico, lo afirmativo, incluso lo imperativo; y en la perspectiva estilística, está el cliché, el proverbio, el estribillo, y de la palabra depende la escritura... Pues bien, el inconsciente, cuando es conceptualizado a partir de la palabra y no ya a partir de la conciencia, lleva un nombre nuevo: el parlêtre. El ser en cuestión no precede a la palabra. Por el contrario, es la palabra la que le otorga el ser a este animal por un efecto retroactivo (après coup) y desde entonces su cuerpo se separa de este ser para pasar al registro del tener. El cuerpo, el parlêtre no lo es, lo tiene[17].

El parlêtre tiene que vérselas con su cuerpo en tanto que imaginario, así como

tiene que vérselas con lo simbólico. Y el tercer término, lo real, es el complejo o el implexo[18] de los otros dos. El cuerpo hablante, con sus dos goces, goce de la palabra y goce del cuerpo, el uno que conduce al escabel, el otro que sostiene el sinthome. Hay en el parlêtre al mismo tiempo goce del cuerpo y también goce que se deporta fuera del cuerpo, goce de la palabra que Lacan identifica, con audacia y con lógica, con el goce fálico en tanto que este es disarmónico con el cuerpo. El cuerpo hablante goza, pues, en dos registros: por una parte goza de sí mismo, se afecta de goce[19], se goza – empleo reflexivo del verbo –, por otra parte, un órgano de este cuerpo se distingue por gozar por sí mismo, condensa y aísla un goce aparte que se reparte entre los objetos a. Es en este sentido que el cuerpo hablante está dividido en cuanto a su goce. No es unitario como lo imaginario lo hace creer. Por ello es preciso que el goce fálico se separe en lo imaginario en la operación que se llama la castración.

El cuerpo hablante habla en términos de pulsiones. Esto autorizaba a Lacan a presentar la pulsión siguiendo el modelo de una cadena significante. Prosiguió por la vía de este desdoblamiento en su lógica del fantasma, en la que separó el Ello y el inconsciente. Pero el concepto del cuerpo hablante, por el contrario, está en la juntura del Ello y el inconsciente. Nos recuerda que las cadenas significantes que desciframos a la freudiana están conectadas al cuerpo y que están hechas de substancia gozante. Freud decía del Ello que era la gran reserva de la libido, este dicho se traslada al cuerpo hablante que es como tal substancia gozante. Es del cuerpo de donde son tomados los objetos a; en el cuerpo es donde se extrae el goce para el que trabaja el inconsciente[20].

De la teoría de las pulsiones, Freud llegó a decir que era una mitología. Lo que no es un mito, por el contrario, es el goce. El aparato psíquico, Freud lo llama, en el capítulo VII de Die Traumdeutung, una ficción. Lo que no es una ficción es el cuerpo hablante. En el cuerpo es donde encontraba Freud el principio de su ficción del aparato psíquico. Éste está construido a partir del arco reflejo, como proceso regulado para mantener lo más baja posible la cantidad de excitación. El aparato psíquico estructurado como el arco reflejo, Lacan lo sustituyó por el inconsciente estructurado como un lenguaje. No estímulo-respuesta, sino significante-significado. Sólo que – esto es una expresión de Lacan que ya he destacado y explicado – dicho lenguaje es una elucubración de saber sobre lalengua[21], lalengua del cuerpo hablante. De ello se sigue que el inconsciente mismo es una elucubración de saber sobre el cuerpo hablante, sobre el parlêtre.

¿Qué es una elucubración de saber? Es una articulación de semblantes que se desprenden de un real y a la vez lo atrapan. La mutación principal que afectó al orden simbólico en el siglo XXI es que ahora es muy generalmente concebido como una articulación de semblantes. Las categorías tradicionales que organizan la existencia pasan al rango de simples construcciones sociales, condenadas a la deconstrucción. No es sólo que los semblantes vacilen, sino que son reconocidos como semblantes. Y mediante un curioso entrecruzamiento, es el psicoanálisis el que, con Lacan, restituye el otro término de la polaridad conceptual: no todo es semblante, hay un real.

Lo real del vínculo social es la inexistencia de la relación sexual. Lo real del inconsciente es el cuerpo hablante. Cuando el orden simbólico era concebido como un saber que regula lo real y le impone su ley, la clínica estaba dominada por la oposición entre neurosis y psicosis. Ahora el orden simbólico es reconocido como un sistema de semblantes que no manda sobre lo real sino que le está subordinado. Un sistema que responde a lo real de la relación sexual que no hay.

De ello se sigue, si puedo decirlo así, una declaración de igualdad clínica fundamental entre los parlêtres. Los parlêtres están condenados a la debilidad mental por lo mental mismo, precisamente por lo imaginario como imaginario de cuerpo e imaginario de sentido. Lo simbólico imprime en el cuerpo imaginario representaciones semánticas con las que el cuerpo hablante teje y separa. Por eso su debilidad consagra al cuerpo hablante como tal al delirio. Uno se pregunta cómo alguien que fue analizado podría imaginarse todavía que es normal.

En la economía del goce, un significante amo vale lo mismo que otro cualquiera. De la debilidad al delirio, la consecuencia es buena[22]. La única vía que se abre más allá es, para el parlêtre, hacerse incauto de un real, es decir, montar un discurso en el que los semblantes atrapen un real, un real en el que creer sin comulgar con él[23], un real que no tiene sentido, indiferente al sentido y que no puede ser distinto de lo que es. La debilidad, por el contrario, es el embaucamiento de lo posible. Ser incauto de un real – lo que yo alabo – es la única lucidez al alcance del cuerpo hablante para orientarse. Debilidad – delirio – embaucamiento, tal es la trilogía de hierro que hace resonar el nudo de lo imaginario, de lo simbólico y de lo real.

Antes se hablaba de las indicaciones de análisis. Se evaluaba si determinada estructura se prestaba al análisis y se indicaba cómo negar el análisis a quien lo pedía por falta de indicaciones. En la época del parlêtre, digamos la verdad, se analiza a cualquiera. Analizar al parlêtre exige jugar una partida entre delirio, debilidad y embaucamiento. Es dirigir un delirio de tal modo que su debilidad ceda al embaucamiento de lo real. Freud se las tenía aún con lo que llamaba la represión. Y en los relatos de pase hemos podido constatar hasta qué punto esta categoría se usa poco ahora. En efecto, hay rememoraciones, pero nada prueba su autenticidad.Ninguna es final. El llamado retorno de lo reprimido siempre se ve arrastrado por el flujo del parlêtre,en el que la verdad revela ser incesantemente mentirosa. En el lugar de la represión, el análisis del parlêtre instala la verdad mentirosa, que resulta de lo que Freud reconoció como la represión originaria. Y esto significa que la verdad es intrínsecamente de la misma esencia que la mentira. El proton pseudos es también la falsificación final. Lo que no miente es el goce, el o los goces del cuerpo hablante.

La interpretación no es un fragmento de construcción que apunta a un elemento aislado de la represión, como pretendía Freud. No es la elucubración de un saber. Tampoco es un efecto de verdad absorbido enseguida por la sucesión de las mentiras. La interpretación es un decir que apunta al cuerpo hablante, y para producir un acontecimiento, para llegar a las tripas, decía Lacan – eso no se anticipa, sino que se verifica con efecto retroactivo (après coup), porque el efecto de goce es incalculable. Todo lo que el análisis puede hacer es concordar con la pulsación del cuerpo hablante para insinuarse en el síntoma. Cuando se analiza el inconsciente, el sentido de la interpretación es la verdad. Cuando se analiza el parlêtre, el cuerpo hablante, el sentido de la interpretación es el goce. Este desplazamiento de la verdad al goce da la medida de aquello en lo que se convierte la práctica analítica en la era del parlêtre.

Por eso propongo, para el próximo congreso, que nos reunamos bajo esta enseña: "El inconsciente y el cuerpo hablante". Es un misterio, decía Lacan. Nosotros trataremos de penetrarlo y esclarecerlo. ¿Qué ciudad nos sería más propicia que Río de Janeiro? Bajo el nombre de Pan de Azúcar, tiene por emblema el más magnífico de los escabeles.

Gracias.

[Versión establecida por Anne-Charlotte Gauthier, Ève Miller-Rose et Guy Briole. Texto oral, no revisado por el autor. Traducción de Enric Berenguer y Dora G. Saroka]

Versión del 8 de octubre 2014.

 


 

 

N O T A S

1- Conferencia pronunciada por Jacques-Alain Miller en la clausura del IX Congreso de la Asociación mundial de psicoanálisis (amp) el 17 de abril del 2014, en París, presentando el tema de su X Congreso.

2- Lacan J., El Seminario, libro 20, Aun, Buenos Aires, Paidós, 1981, pág. 137-138.

3- Hegel G.W.F., Fenomenología del espíritu, México, FCE, 1966, traducción de Wenceslao Roces, pág 347.

4- Cf. Miller J.-A. "., "La orientación lacaniana, Un esfuerzo de poesía", lección del 13 de noviembre de 2002, inédito.

5- Lacan J., El Seminario, libro 20, Aun, op. cit., pág. 158.

6- Descartes, R., "Meditación sexta" in: Meditaciones metafísicas, Madrid, Alfaguara, 1977, traducción de Vidal Peña, pág. 47.

7- Ibid., pág. 52.

8- Edmund Husserl, Meditaciones cartesianas.

9- Maurice Merleau-Ponty, Lo visible y lo invisible, Barcelona, Seix Barral, 1970, pág. 174.

10- Lacan, J., El Seminario, libro XI, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1987, pág. 100.

11- Lacan J., "Televisión", Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 537.

12- Lacan J., "Joyce el Síntoma", Ibid., p. 594. Sobre este punto, remitirse también a El Seminario, libro 23, Le sinthome, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 56: "el sujeto que tiene su soporte en el parlêtre , que es eso que designo como el insconciente".

13- Lacan J., Hablo a las paredes, Buenos Aires, Paidós, 2012, pág. 114.

14- Lacan J., "Joyce el Síntoma", Otros escritos, op. cit., p. 591-595.

15- Lacan J., El Seminario, libro 7, La ética del psycoanalisis, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 138.

16- Cf. Masson D., « Impromptu. Los caminos de lo real en música », intervención en el IXo Congreso de la amp, Paris, 17 de abril de 2014, inédito – disponible en audio en el site radiolacan.com y en video: congresamp2014.com.

17- Lacan J., El Seminario, libro 23, El sinthome, Buenos Aires, Paidós, 2006, p.151.

18- Nota de T.: En francés, "implexe": conjunto complejo que resulta de la combinación de elementos heterogéneos [Le Robert].

19- Nota de T.: En francés, "s'affecte de jouissance". "S'affecter de: ser sensible a algo, afectarle algo a uno" [Le Robert].

20- Nota de T.: En este pasaje, la preposición utilizada repetidamente en francés es sur ("branchées sur le corps", "ce dit se déporte sur le corps", "c'est sur le corps que sont prélevés les objets a"), en oposición a dans ("c'est dans le corps qu'est puisée la jouissance"). No hay correspondencia clara con las preposiciones en español, aquí más ambiguas.

21- Lacan J., El Seminario, libro 20, Aun, op. cit., pág. 167.

22- Nota de T.: cf. René Descartes, en su respuesta a una objeción del jesuita Bourdin ("du connaître à l'être, la conséquence n'est pas bonne"), escribe: "Du connaître à l'être la conséquence est bonne" ("Réponses aux septièmes objections", Adolphe Garnier (Ed.) Oeuvres philosophiques de Descartes, Tomo II, Hachette, 1834, pág. 470.

23- Nota de T.: "sans y adhèrer".





¿Qué Real para el siglo XXI? Conferencia de JAM - Presentación del tema del IX° Congreso de la AMP



Presentación del tema del IX° Congreso de la AMP

¿Qué Real para el siglo XXI?


Primera parte: 



 Segunda parte: 





               Presentación del tema del IX° Congreso de la AMP

                                                                                   por JACQUES-ALAIN MILLER

 
 
 
Lo real en el siglo XXI

No los haré esperar mucho tiempo para anunciarles el tema del próximo Congreso. Una nueva serie de tres temas ha empezado con "El orden simbólico en el siglo XXI". Será una serie especialmente dedicada al aggiornamento, como se dice en italiano, a la puesta al día de nuestra práctica analítica, de su contexto, de sus condiciones, de sus coordenadas inéditas en el siglo XXI, cuando crece lo que Freud llamaba "el malestar en la cultura" y que Lacan descifraba como los callejones sin salida de la civilización.
Se trata de dejar atrás el siglo XX, dejarlo detrás de nosotros para renovar nuestra práctica en el mundo, él mismo bastante reestructurado por dos factores históricos, dos discursos: el discurso de la ciencia y el discurso del capitalismo. Son los dos discursos prevalentes de la modernidad que, desde el inicio, desde la aparición de cada uno, han empezado a destruir la estructura tradicional de la experiencia humana. La dominación combinada de ambos discursos, cada uno apoyando al otro, ha crecido a un punto tal que esa dominación ha logrado destruir, y tal vez romper, hasta los fundamentos más profundos de dicha tradición.
Eso lo hemos visto en el curso de este Congreso, con el tremendo cambio del orden simbólico, cuya piedra angular, es decir el Nombre del Padre, se ha resquebrajado. La piedra angular que es, como lo dice Lacan con extrema precisión, el Nombre del Padre según la tradición. El Nombre del Padre según la tradición ha sido tocado, ha sido devaluado por la combinación de los dos discursos, el de la ciencia y el del capitalismo. El Nombre del Padre, famosa función clave de la primera enseñanza de Lacan, de la que ahora puede decirse que es una función reconocida a través de todo el campo analítico, sea lacaniano o no.
El Nombre del Padre, función clave, Lacan mismo la ha rebajado, depreciado en el transcurso de su enseñanza, terminando por hacer del Nombre del Padre nada más que un sinthome. Es decir, la suplencia de un agujero. Se puede decir, ante esta asamblea y haciendo un cortocircuito, que ese agujero colmado por el "síntoma Nombre del Padre", es la inexistencia de la proporción sexual en la especie humana, en la especie de los seres vivientes que hablan. Y el rebajamiento del Nombre del Padre en la clínica introduce una perspectiva inédita que Lacan expresa diciendo: "Todo el mundo es loco, es decir, delirante."[1] ¡No es un chiste! Esto traduce la extensión de la categoría de la locura a todos los seres hablantes que padecen de la misma carencia de saber en lo que concierne a la sexualidad. Este aforismo, apunta a lo que comparten las llamadas estructuras clínicas: neurosis, psicosis, perversión. Y, por supuesto, hace temblar, sacude la diferencia entre neurosis y psicosis que era, hasta ahora, la base del diagnóstico psicoanalítico, tema inagotable de las enseñanzas.
Para el próximo Congreso propongo adentrarnos más en las consecuencias de dicha perspectiva estudiando lo real en el siglo XXI.
De esa palabra, "lo real", Lacan hace un uso que le es propio, que no siempre ha sido el mismo y que deberemos esclarecer. Pero creo que hay una manera de decirlo que tiene una suerte de evidencia intuitiva para cada uno de los que viven en el siglo XXI, más allá de nosotros, los lacanianos. Por lo menos, es una suerte de evidencia para los que han sido formados en el siglo XX y que ahora, por un cierto tiempo, pertenecen al siglo XXI.
Hay un gran desorden en lo real.
Es esta fórmula misma la que propongo para el Congreso de París 2014: Un gran desorden en lo real en el siglo XXI.
Y quiero comunicarles ahora los primeros pensamientos que me provoca este título cuya formulación encontré hace dos días. Son pensamientos que arriesgo, para lanzar nuestra conversación de la Escuela Una, que durará dos años. No lo es, por supuesto, para cerrar esa discusión.
El primero que se me ocurrió al respecto -lo he acogido como estaba- es el siguiente: antaño lo real se llamaba la naturaleza. La naturaleza era el nombre de lo real cuando no había desorden en lo real.
Cuando la naturaleza era el nombre de lo real, se podía decir, como lo hizo Lacan, que lo real siempre vuelve al mismo lugar. Solamente en esa época en la cual lo real se disfrazaba de naturaleza, lo real parecía la manifestación más evidente y más elevada del concepto mismo de orden.
Y al retorno de lo real al mismo lugar, Lacan oponía, por supuesto, el significante, en tanto que lo que lo caracteriza es el desplazamiento, la Enstellung -como decía Freud. El significante se conecta, se sustituye de modo metafórico o de modo metonímico y siempre vuelve en lugares inesperados, sorprendentes.
Por el contrario, lo real -en dicha época, cuando se confundía con la naturaleza- se caracterizaba por no sorprender. Se podía esperar tranquilamente su aparición en el mismo lugar, en la misma fecha. Los ejemplos de Lacan para ilustrar el retorno de lo real en el mismo lugar lo muestran. Sus ejemplos son el retorno anual de las estaciones, el espectáculo del cielo y de los astros.
Es eso lo que ha servido de modelo, por ejemplo, en toda la antigüedad, en los rituales chinos que utilizan cálculos matemáticos para la medición de los astros, etcétera.
Se puede decir que en dicha época, lo real en tanto que naturaleza tenía la función del Otro del Otro, es decir que era la garantía misma del orden simbólico.
Así, la agitación retórica del significante en el decir humano, resultaba enmarcada por una trama de significantes fijos como los astros. La naturaleza -es su definición misma- se definía por estar ordenada, es decir, por la conjunción de lo simbólico y de lo real. A tal punto que, según la tradición más antigua, todo orden en lo humano debía imitar al orden natural. Y se sabe bien, por ejemplo, que la familia como formación natural servía de modelo para la puesta en orden de los grupos humanos y que el Nombre del Padre era la clave de lo real simbolizado.
Sobre ese papel de la naturaleza no faltan ejemplos en la historia de las ideas. Son ellos tan abundantes y tenemos tan poco tiempo, que no me explayaré en eso hoy. Son puntos para profundizar. Hay que buscarlos a través de la historia de la idea de naturaleza, siguiéndola en tanto orden, en tanto real. Por ejemplo, el mundo de la física de Aristóteles se ordena en dos dimensiones invariables: el mundo de arriba, separado del mundo sublunar, como se dice, y cada ser buscando allí su lugar propio. Así funciona esta física, que es una tópica, es decir, un conjunto de lugares muy fijos.
Con la entrada del Dios de la creación, digamos del Dios Cristiano, el orden sigue en vigencia en la medida en que la naturaleza creada por Dios responde a su voluntad. El orden divino persiste, aún cuando la separación de los dos mundos aristotélicos no exista más; orden divino que es como una ley promulgada por Dios y encarnada en la naturaleza.
A partir de esto se impone el concepto de ley natural. Es preciso ver del lado de Santo Tomás de Aquino, su definición de ley natural, que da lugar a una suerte de imperativo. Lo vamos a decir en latín: noli tangere, "no tocar a la naturaleza". Ya que se tenía la impresión de que se podía tocar a la naturaleza, que había actos humanos que iban en contra de la ley natural, en particular actos de bestialidad, contra los cuales se planteaba el imperativo de no tocar a la naturaleza.
Debo decir, aunque quizás no sea aquí la impresión de la mayoría, que encuentro admirable cómo, aún hoy, la Iglesia Católica lucha para proteger a lo real, al orden natural de lo real, en las cuestiones de la reproducción, de la sexualidad, de la familia, etc. Por supuesto, son elementos anacrónicos, pero que testimonian de la duración y de la solidez de ese viejo discurso. Se podría decir que es admirable como causa perdida, porque todo el mundo siente que lo real se ha escapado de la naturaleza.
Desde el inicio la Iglesia había percibido que el discurso de la ciencia iba a tocar a ese real que ella protegía como naturaleza. Pero no bastó con encerrar a Galileo para detener la irresistible dinámica científica, así como tampoco bastó con calificar de turpitudo a la avidez por aprovecharse de las ganancias, para detener la dinámica del capitalismo. Es Santo Tomás quien utiliza la palabra latina turpitudo para el progreso.
¿Causa perdida? Lacan decía también que la causa de la Iglesia anunciaba quizás un triunfo. ¿Por qué? Porque lo real, emancipado de la naturaleza, es tanto peor que se vuelve cada vez más insoportable. Hay como una nostalgia del orden perdido que, aunque no se pueda recuperar, sigue vigente como ilusión.
Antes de la aparición misma del discurso de la ciencia se nota la emergencia de un deseo de tocar lo real. Bajo la forma de actuar sobre la naturaleza: hacerla obedecer, movilizar y utilizar su potencia. ¿Cómo? Antes de la ciencia, un siglo antes de la aparición del discurso científico, ese deseo se manifestaba en lo que se llamó la magia. La magia es otra cosa que el truco del prestidigitador que convocamos para distraer a los niños.
Lacan la considera tan importante que en el último texto de los Escritos, "La ciencia y la verdad"[2], inscribe la magia como una de las cuatro condiciones fundamentales de la verdad: magia, religión, ciencia y psicoanálisis. Cuatro términos que anticipan algo de los famosos "cuatro discursos".
A la magia la define como la llamada directa al significante que está en la naturaleza a partir del significante del encantamiento. El mago habla para hacer hablar a la naturaleza, para perturbarla, y eso es ya infringir el orden divino de lo real, de tal manera que se persiguió a los magos en tanto que la magia era como una brujería.
Pero esta magia, la moda de la magia, era ya la expresión de un anhelo hacia el discurso científico. Esa fue la tesis de la erudita Frances Yates que considera que el hermetismo preparó al discurso científico.[3] Y es un hecho histórico que Newton, él mismo, fue un distinguido alquimista. Yates, al retomar los trabajos del economista John Maynard Keynes sobre Newton, indica que éste había pasado más años interesado en la alquimia que en las leyes de la gravitación. Digo esto como puntos para estudiar, en esta rama de la historia de la ciencia.
Pero nosotros más bien seguiremos a Alexandre Koyré[4] quien insiste sobre esta diferencia: la magia hace hablar a la naturaleza mientras que la ciencia la hace callar.
La magia es encantamiento, ocultación, retórica. Con la ciencia uno pasa de la palabra a la escritura, conforme al enunciado de Galileo: "la naturaleza está escrita en lenguaje matemático".[5]
Hay que recordar que en el final de su enseñanza, Lacan no dudaba en preguntarse si el psicoanálisis -cuando ya no tenía la ambición de volverlo científico- no sería una suerte de magia. Lo dice una vez, pero es un eco a considerar.
Con eso empieza, por supuesto, una mutación de la naturaleza, y nosotros podemos expresarla con el aforismo de Lacan: "hay un saber en lo real".[6]
Esa es la novedad: algo está escrito en la naturaleza.
Se continuó hablando de Dios y de la naturaleza, pero Dios no es nada más que un sujeto supuesto saber, un sujeto supuesto al saber en lo real. La metafísica del siglo XVII describe un Dios del saber que calcula, lo dice Leibnitz, o bien que se confunde con ese cálculo, lo dice Spinoza. En todos los casos se trata de un Dios matematizado.
Diré que la referencia a Dios ha permitido, velando la vieja ilusión de Dios, el pasaje del cosmos finito al universo infinito. Con el universo infinito de la física-matemática, la naturaleza desaparece, se vuelve -con los filósofos del Siglo XVIII- solamente una instancia moral. Con el universo infinito la naturaleza desaparece y empieza a develarse lo real.
Me he interrogado sobre la fórmula "hay un saber en lo real". Sería una tentación decir que el inconsciente está en ese nivel. Pero, por el contrario, la suposición de un saber en lo real me parece el último velo que hay que levantar. Si hay un saber en lo real, hay una regularidad que el saber científico permite prever. El saber científico está orgulloso de prever, en tanto que eso demuestra la existencia de leyes y que no se necesita un enunciador divino de esas leyes para que sigan vigentes. Es a través de esa idea de leyes que se ha detenido la vieja idea de la naturaleza en la expresión misma "las leyes de la naturaleza".
Einstein, como lo relata Lacan, se refería a un Dios honesto que rechaza todo azar. Era su manera de oponerse a las consecuencias de la física cuántica de Max Planck; era, en Einstein, una tentativa de retener el discurso de la ciencia y la revelación de lo real.
Progresivamente, la física ha debido dar lugar a la incertidumbre probabilista proveniente de la economía, es decir, a un conjunto de nociones que amenazan al sujeto supuesto saber. No se ha podido, tampoco, volver equivalentes lo real y la materia. Con la física subatómica, los niveles de la materia se multiplican y, vamos a decir, el La de la materia como el La de la mujer, se desvanece.
Quizás puedo arriesgar aquí un cortocircuito. Con respecto a la importancia de las leyes de la naturaleza se entiende el eco tremendo que debería tener el aforismo de Lacan: "lo real es sin ley".[7] Esa es la fórmula que da testimonio de una ruptura total entre naturaleza y real. Es una fórmula que corta decididamente la conexión entre ellos. Ataca a la inclusión del saber en lo real que mantiene la subordinación al sujeto supuesto saber.
En el psicoanálisis no hay saber en lo real. El saber es una elucubración sobre un real despojado de todo supuesto saber. Por lo menos eso es lo que Lacan inventó como lo real, hasta el punto de preguntarse si eso no era su síntoma, si eso no era la piedra angular que lo hacía mantener la coherencia de su enseñanza.
Lo real sin ley parece impensable. Es una idea límite que primero quiere decir que lo real es sin ley natural. Por ejemplo, todo lo que había sido el orden inmutable de la reproducción está en movimiento, en transformación. Ya sea a nivel de la sexualidad o de la constitución del ser viviente humano con todas las perspectivas que aparecen ahora, en el siglo XXI, de mejorar la biología de la especie.
El siglo XXI se anuncia como el gran siglo de la bioengineering que dará ocasión a todas las tentaciones de eugenismo. Y la mejor descripción de lo que experimentamos ahora con evidencia, sigue lo que Karl Marx ha dicho en su Manifiesto Comunista sobre los efectos revolucionarios del discurso del capitalismo en la civilización.
Me gustaría leer algunas frases de Marx que ayudan a una reflexión sobre lo real:

"La burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar constantemente los instrumentos de producción, lo que quiere decir las relaciones de producción, es decir, las relaciones sociales." Hay una "…incesante conmoción de todo el sistema social (…) Todas las relaciones sociales estancadas y enmohecidas, con su cortejo de concepciones y de ideas antiguas y venerables, se disuelven (…)". Y la mejor expresión de la ruptura con la tradición: "Todo lo sólido se desvanece en el aire. Todo lo sagrado es profanado".[8]
Diré que capitalismo y ciencia se han combinado para hacer desaparecer la naturaleza y lo que queda del desvanecimiento de la naturaleza es lo que llamamos lo real, es decir, un resto, por estructura, desordenado. Se toca a lo real por todos lados según los avances del binario capitalismo-ciencia, de manera desordenada, azarosa, sin que pueda recuperarse una idea de armonía.
Hubo un tiempo, en el que Lacan enseñaba el inconsciente como un saber en lo real, cuando lo decía estructurado como un lenguaje. En esa época, él buscaba las leyes de la palabra, las leyes del significante, la relación de causa y efecto entre significante y significado, entre metáfora y metonimia, a partir de la estructura del reconocimiento de Hegel: reconocer para ser reconocido. También presentaba y ordenaba ese saber en grafos, bajo la preeminencia del Nombre del Padre en la clínica y bajo el ordenamiento fálico de la libido.
Pero luego se abrió a otra dimensión con lalengua en tanto que hay leyes del lenguaje pero no hay leyes de la dispersión y de la diversidad de las lenguas. Cada lengua está formada por contingencias, por azar. En esa dimensión, el inconsciente tradicional -para nosotros el inconsciente freudiano- se nos aparece como una elucubración de saber sobre un real; una elucubración transferencial de saber cuando, a ese real, se superpone la función del sujeto supuesto saber que se presta a encarnar otro ser viviente. Es el inconsciente que puede ponerse en orden, en tanto que discurso, pero solamente en la experiencia analítica. Diré que la elucubración transferencial consiste en dar sentido a la libido, que es la condición para que el inconsciente sea interpretable. Eso supone una interpretación previa, es decir, que el inconsciente mismo interprete.
¿Qué es lo que interpreta el inconsciente? Para poder dar una respuesta a esta pregunta hay que introducir un término, una palabra. Esa palabra es "lo real".
En la transferencia se introduce el sujeto supuesto saber para interpretar lo real. Desde ahí se constituye un saber no en lo real sino sobre lo real. Aquí ubicamos el aforismo: "lo real está desprovisto de sentido"[9]. El no tener sentido es un criterio de lo real, en tanto que es cuando uno ha llegado al fuera de sentido que puede pensar que ha salido de las ficciones producidas por un querer-decir. "Lo real está desprovisto de sentido" es equivalente a lo real no responde a ningún querer-decir. El sentido se le escapa. Hay donación de sentido a través de la elucubración fantasmática.
Los testimonios del pase, esas joyas de nuestros Congresos, son relatos de la elucubración fantasmática de alguien, y de cómo se expresa y se rehace la experiencia analítica para reducirse a un núcleo, a un pobre real, que se desdibuja como el puro encuentro con lalengua y sus efectos de goce en el cuerpo. Se desdibuja como un puro shock pulsional.
Lo real, entendido así, no es un cosmos, no es un mundo, tampoco un orden; es un trozo, un fragmento asistemático separado del saber ficcional que se produce a partir de ese encuentro. Ese encuentro de lalengua y del cuerpo no responde a ninguna ley previa; es contingente y siempre perverso. Es ese encuentro y sus consecuencias, porque ese encuentro se traduce por un desvío del goce con respecto a lo que el goce debería ser, que es lo que sigue vigente como sueño.
Lo real inventado por Lacan no es lo real de la ciencia. Es un real azaroso, contingente, en tanto que falta la ley natural de la relación entre los sexos. Es un agujero en el saber incluido en lo real.
Lacan ha utilizado el lenguaje matemático que es el más favorable a la ciencia. En las fórmulas de la sexuación, por ejemplo, ha tratado de captar los callejones sin salida de la sexualidad en una trama de lógica matemática. Y eso ha sido una tentativa heroica de hacer del psicoanálisis una ciencia de lo real como lo es la lógica.
Pero eso no se puede hacer sin encarcelar el goce en la función fálica, en un símbolo. Eso implica una simbolización de lo real, implica referirse al binario hombre-mujer como si los seres vivientes pudieran estar repartidos tan nítidamente, cuando ya vemos en lo real del siglo XXI un desorden creciente de la sexuación.
Eso es una construcción secundaria que interviene después del choque inicial del cuerpo con lalengua, que constituye un real sin ley, sin regla lógica. La lógica se introduce solamente después, con la elucubración, el fantasma, el sujeto supuesto saber y el psicoanálisis.
Hasta ahora bajo la inspiración del siglo XX nuestros casos clínicos, tal como los expresamos, son construcciones lógicas y clínicas bajo transferencia. Pero la relación causa-efecto es un prejuicio científico apoyado en el sujeto supuesto saber. La relación causa-efecto no vale al nivel de lo real sin ley, no vale sino como una ruptura entre causa y efecto.
Lacan lo decía como un chiste: "si uno entiende cómo funciona la interpretación, eso no es una interpretación analítica". En el psicoanálisis, tal como Lacan nos invita a practicarlo, se experimenta la ruptura del vínculo causa-efecto, la opacidad del vínculo, y es por eso que hablamos de inconsciente.
Voy a decirlo de otra manera. El psicoanálisis transcurre a nivel de lo reprimido y de la interpretación de lo reprimido gracias al sujeto supuesto saber. Pero en el siglo XXI se trata, para el psicoanálisis, de explorar otra dimensión: la de la defensa contra lo real sin ley y fuera de sentido. Lacan indica esa dirección con su noción de lo real tal como lo hace Freud con el concepto mítico de pulsión. El inconsciente lacaniano, el del último Lacan, está al nivel de lo real, vamos a decir por comodidad, "debajo" del inconsciente freudiano. De tal manera que, para entrar en el Siglo XXI, nuestra clínica deberá centrarse sobre el desbaratar la defensa, desordenar la defensa contra lo real.
En un análisis el inconsciente transferencial es una defensa contra lo real. Porque en el inconsciente transferencial sigue vigente una intención, un querer decir, un querer que me diga algo. Mientras que el inconsciente real no es intencional, sino que se encuentra bajo la modalidad del "así es", y que, se puede decir, es como nuestro "Amén".
Varias preguntas se abrirán para nosotros en el próximo Congreso: la redefinición del deseo del analista, que no es un deseo puro como dice Lacan, no es una pura metonimia infinita, sino que se nos aparece como un deseo de alcanzar lo real, de reducir al Otro a su real y liberarlo del sentido.
Agregaré que Lacan intentó representar lo real como nudo borromeo. Nos preguntaremos: ¿qué vale esa representación? ¿Para qué nos sirve ahora? A Lacan, ese nudo, la pasión por el nudo borromeo, le sirvió para llegar a esa zona irremediable de la existencia; la misma zona que Edipo en Colona, donde se presenta la ausencia absoluta de caridad, de fraternidad, de cualquier sentimiento humano.
Ahí nos lleva la búsqueda de lo real despojado de sentido.
Gracias
Buenos Aires, 26 de abril de 2012.
 
Revisión: Leonardo Gorostiza
Desgrabación: Paula Danziger
 
 
N O T A S

1- Lacan J., "¡Lacan por Vincennes!", en Lacaniana número 11, Publicación de la EOL, Buenos Aires, 2011, pág.7.
2- Lacan J., "La ciencia y la verdad", Escritos 2, págs. 848-850, sigloXXIeditores, Argentina, 1987.
3- Cf. Yates F., La Philosophie occulte à l’époque élisabéthaine, Paris, Dervy, 1987. Hay versión castellana, La filosofía oculta en la época isabelina, Fondo de Cultura Económica, México, 1982.
4- Cf. Koyré A., Estudios de historia del pensamiento científico, sigloXXIeditores, México, 2000.
5- Galileo Galilei, El ensayador, Colección "Los Grandes Pensadores", Sarpe, Madrid, 1984.
6- Lacan J., Le Séminaire, livre XXIV, « L’insu que sait de l’Une-bévue s’aile à mourre », Lección del 15 de febrero de 1977, inédito.
7- Lacan J., El Seminario, Libro 23, El sinthome, Paidós, Argentina, 2006, pág. 135.
8- Marx K., Engels F., Manifeste du parti communiste, Pékin, Les éditions en langues étrangères, 1975, p.36-37.
9- Ibídem nota 7, pág. 133.